Primera entrada del blog

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No existe consuelo

Siguen pasando los días, y me avergüenzo y arrepiento cada minuto un poco más.

Y no logro comprender cómo no pude tomar dimensión de lo que hacía.

Se diluye en lo cotidiano. Pero la oscuridad de la madrugada, el silencio de casa, el abrazo de mi cama, me devuelven a mí, a lo que soy. Y hoy soy dolor.

Sólo se escucha mi corazón. Los latidos gritan tu nombre y un perdón. Un perdón que ni siquiera yo me puedo regalar.

Se me acalambra el corazón de pensar que ahora sólo una casualidad puede hacer que te vuelva a ver.

Te extraño más que nunca.

La pérdida

Y empezas a caminar vacía, sin corazón. Sin algo que te adhiera al piso, a la superficie donde en realidad estás. Gravedad cero. Los pies avanzan pero no sentís la firmeza de lo tangible, flotas.

Te falta algo, te falta alguien. Te sobra el cuerpo, el pecho te hace eco, escuchas el vacío, y se ve oscuro.

La mirada concentrada en la nada, profunda en el vacío, los ojos chinos de tanto lamento, las arruguitas más hundidas que las ilusiones, la voz débil y cansada del arrepentimiento que no alcanza.

Una nube gris permanente en el cerebro. La autocondena por el error, por el horror, por lastimar un amor, el amor.

Y el perdón que no te podes regalar.

Te doy mi amor en forma de ausencia, te amo en cada minuto de lejanía, en cada metro de distancia, para siempre.

Agua

Para mí sumergirme en el agua siempre fue como volver a la panza de mi mamá. Al útero, primer hogar.

Un medio acuoso sostiene mi cuerpo flotando, me siento liviana, protegida, puedo cerrar los ojos y sé que nada malo me va a pasar.

El agua me abraza, me envuelve y cubre cada parte de mi cuerpo, me impermeabiliza y ya nada duele tanto. Si me muevo, se mueve conmigo. La siento y me siente. Somos dos que se hacen uno.

Vuelvo al agua porque es mi origen, porque es un lugar seguro, porque me encuentro conmigo, con mi yo más esencial, porque me abraza como mamá.

Tiempo en pausa

A miles de kilómetros, a incalculables kalpas, a distancias infinitas.

Apagando los 5 sentidos. Sin escuchar, más que en la memoria, sin el tacto más que sellado en la piel, sin el gusto ya guardado en lo más profundo del ser, sin ver más que en la mente, y sin oler sólo en el recuerdo.

En el rincón del mundo que prefiera, guardando el corazón donde quiera, escondiendo, apartando, sacando de foco, concentrando energia en evitar el sentimiento más poderoso del universo.

Sin importar el esfuerzo y el tiempo que transcurra durante ese esfuerzo, lo que vive en el corazón, se regocija en el recuerdo y revive en cada mirada, permanecerá. Como tesoro, como nostalgia, como cristal brillante, como tiempo en pausa, como realidad paralela, como memoria dulce, como amor para siempre.

En-vuelta

Así como flotando en el aire.

Aire denso, oxígeno pesado hasta para respirar. Me envuelve, me aprieta el pecho, me encima las costillas, me comprime el abdomen, me atrapa la piel y la endurece, la vuelve neoprene. Me empuja hacia abajo, me une al suelo, me prensa los pies al piso, me entrelaza los dedos al magma, me estira los brazos y me doy la mano alrededor del planisferio.

Sin embargo estando tan abajo, tan profunda en mí, tan pesada la masa, tan compacta a la nada, tan aislada de lo real. Floto en el aire, que parece miel y me endulza la mirada para volver.

Más grande que yo

A veces pienso que las ganas incontrolables de algo, no importa qué, hacen que veamos lo que queremos ver, percibamos la realidad a merced de esas ganas, involuntariamente, claro. Ese deseo irrefrenable deforma y distorsiona las situaciones para corresponder con él mismo. Para saciarse.

Certeza, engaño o disfraz de esperanza. No sé.

No puedo afirmar que lo que veo y siento sea real, porque el deseo es más grande que yo.

Sin embargo, elijo creer que eso que percibo es así, porque me regocija, aunque me esté mintiendo.

Una tarde de té

“El amor duele” me dijo mi amiga Lilian, una tarde de té en el patio.

Lo tomé y lo guardé. No tenía posibilidad de comprobarlo en ese entonces.

Varios años después vuelvo a su casa, y en una tarde de té en el patio, cito su frase con lágrimas en los ojos.

Lo comprobé, lo viví, lo sufrí.

Lo compruebo, lo vivo, lo sufro.

El amor duele, sea correspondido o no. Duele. Ahoga.

Duele porque es un estado extremo. Un sentimiento que no tiene límites. No se ama poco o mucho, se ama y eso ya es todo, es absoluto, es total, es revolucionariamente extremista y extremadamente revolucionario. Visceral. No hay franjas ni grietas, no permite espacios vacíos, no tiene márgenes, es un sentimiento completo, se apropia de cada célula, te llena y te completa. Y duele de la misma manera, sin límites .

Aún así, bienvenido el amor y su dolor.

Permiso egoísta

Escribir libera, te lean o no.

Escribir y escribirte. Sincerarte en la palabra escrita, sin disfraces.

Ponerle palabras a los sentimientos y pensamientos. Sin cuidado, sin límite, fluyendo.

Sorprenderse de lo escrito.

Escribir con los ojos cerrados.

Adquirir forma de letra, de espacios, de puntos y comas.

Leer y leerte.

Encontrarse en la escritura y que te de pudor verte tan desnuda.

Escribir te ordena la mente y el corazón.

Y yo escribo para mí. Me doy ese permiso egoísta.